La melancolía solar




     Casi todo en Astrología es por el Sol, casi todas las cosas las entendemos desde él. 
Saturno, Júpiter, Marte, Venus, Luna y Mercurio, las “estrellas errantes”, reflejan su luz.
De la “tríada semita” en la que el Sol se incluye, Venus y la Luna reflejan su luz.
Incluso llamando a la Luna una “luminaria” junto con el Sol, ella también refleja su luz.

Hace poco explicaba que la tríada semita son El No (Sol), El Sí (Luna) y El Querer (Venus). Otro día hablo de esta gente por separado; por lo pronto quiero aclarar que El No es el Sol porque el Sol se niega a todo. Desde que brilla en el cielo no hace más que reflejarse contra accidentes que, de otra, permanecerían helados en mitad de la Nada. El Sol se niega y nadie pide una negativa.

Para tener algo que ofrecer, el planeta benéfico debe nutrirse. Venus y Júpiter son receptores del nativo y se encargan de nutrirlo absorbiendo, asimilando su proximidad. Los planetas maléficos no ofrecen, sino que emiten: Marte emite ímpetu y Saturno emite rechazo. Juraría haber escuchado al astrólogo José Alberto Millán decir en unos de sus boletines en YouTube que “la diosa ofrece y el dios otorga.” Sin embargo, el Sol es ampliamente considerado benéfico. Es nuestra necesidad la que lo pinta así, pero la afirmación del Sol somos nosotros mismos, su espejo, como el resto de fuerzas. Como el resto de casi todas las cosas con las que tratamos todos los días. Es su negación la que nos beneficia, pero él no nos absorbe, sino que nos sostiene la mirada.

El Sol es otro bicho. Se dice que su domicilio está Leo, pero él no puede quedarse en su manada, no podría compartir espacio con el resto de estrellas. A su alrededor todo le devuelve una tenue fracción de su luz. Sus congéneres brillan a buena distancia, más que prudencial. El Sol exalta en Aries que, como bien señala Ace, del blog “AliceSparklyKat”, es un signo que no contiene a nadie más que a él mismo, puesto que aún no ha recorrido ningún otro período del ciclo zodiacal que el Sol va reteniendo en su curso.

El Sol destaca por su soledad.

En mi experiencia, y de nuevo referencio al texto de Ace “On not being an stereotypical Aries”, no sólo Aries es el signo más solitario del Zodíaco, sino que comparte este dudoso honor con Leo. El Sol está rodeado de oscuridad y tenues, extraños destellos en su proximidad inmediata. Cuando me topo a personas Aries –como yo– y Leo, a menudo soy capaz de verme en su historia de la manera más íntima posible y esto tiene mucho que ver con cómo charlamos sobre Astrología: Cuando el Sol está en cualquier signo de nuestra carta, no solemos decir “Tengo el Sol en [inserte signo], sino que decimos “soy [mismo signo insertado].” Los soles en Aries y Leo tenemos esta cualidad de ser, en lugar de estar.
Aries nota más que todo cambia irreversiblemente cuando lo tocamos y no podemos parar de dirigirnos hacia todo. A medida que nos alzamos sobre la Tierra, en nuestro eterno amanecer, todo cambia y se aleja.
Leo percibe más que todo se mueve excepto ellos, que siempre fueron la misma persona.

Aries y Leo somos los soles que mejor recordamos la experiencia de ser criaturillas.
Esta memoria, por real que sea, no nos hace más inocuos o menos adultos, sino que nos lleva a pensar que el daño que somos capaces de provocar o que las responsabilidades que asumimos son un grave error de diseño del mundo hacia nosotres. Es raro que cualquiera de estos dos soles maquinemos comportamientos o narrativas, que nos ensañemos; eso no quita que tengamos muy mala baba con nuestros berrinches; de hecho, más bien lo explica.

Y es que el Sol no tiene donde meterse. Desarrollo: Nuestro Ascendente (o Punto Aries) señala al Este, al fragmento de la banda zodiacal que ocupaba el lugar por el que el Sol amanece. Este punto funciona como un prisma refractario sobre el que tenemos parte de poder y responsabilidad de labrar… Pero si naces mientras tu Sol, la parte infinita e indistinguible de Dios que ilumina el mundo con entendimiento, toca la línea del horizonte, todo lo que haces y dices te da a ti y al resto de personas la sensación de que vas por ahí con un enorme y notable agujero en el pantalón. Esto es lo que sucede cuando el Sol amanece, apareciendo cerca de la Tierra y al alcance de la mano, reconocible, dejándose ver mientras nuestros ojos desafían el semblante que luego nos freirá la córnea en pocos segundos. Una persona nacida al amanecer cuenta con muchos rasgos arianos, así como una persona nacida con el Sol justo en el Mediocielo, es decir, justo al mediodía según el momento del año, tiene características leoninas: Se sabe performático porque es lo que ha aprendido y además le funciona. Las personas que nacieron al mediodía astrológico se ven sometidas al máximo escrutinio público y ancestral.

Así, el Sol es siempre presenciado, más que observado. Es él quien nos observa. Cuando miras a un niño no estás viendo nada, es el niño quien te mira a ti. Dios te mira y se perfila en tanto que su entorno lo mira a él. Siempre que hablas con Aries, parece que es la primera vez que entabla una conversación contigo. Leo es fuego fijo, luz que fija, el flash de las fotos. El Sol se niega y mira al Todo, quien le devuelve a él mismo la luz que él fija.

Un error frecuente por parte de los adultos es pensar que los niños son ya alguien, en lugar de querer algo. Un error frecuente por parte de las lecturas astrológicas más superficiales es pensar que Aries y Leo son los soles con mayor identidad o carácter, en lugar de ser los soles que más… bueno, que más son: No hay quien anhele más la disociación que un Sol doliente.

Aries y Leo son los soles más conscientes de su oquedad.




 Martes 17 de febrero de 2026